Este es el testimonio de esas vidas que pasan por nuestro lado, a diario, y ni siquiera nos rozan. Son invisibles, transparentes, inofensivos, mudos. Ocupan nuestro entorno. Llenan los hogares, las fábricas, las calles, los metros, las carreteras, toda la tierra. Podrían estar o no estar y lo mismo daría.

Tras su apariencia ingenua y colorista, viven sufrimientos silenciosos, injusticias, auténticas tragedias. Pero aún se atreven a sonreír y sacarle jugo a esta vida tan perra.

No los mires con desdén, empápate de sus vidas y trátalos con respeto porque tú también podrías ser uno de ellos y no haberte dado cuenta.
Según ha ido evolucionando, occidente ha ido enterrando la idea de Dios. La ha diseccionado, analizado y descompuesto hasta entenderla inútil e irracional.

Este proceso debe experimentarlo cada ser humano consigo mismo hasta extraer el último ápice de creencia y comprender la existencia de Dios como una absurda creencia remota.

Este cuadro muestra ese proceso de deconstrucción, centrado en la figura de Cristo (el hijo de Dios para los Cristianos; una imagen tan recurrida por todos los artistas desde los orígenes de la fe católica) y tiene como destino ser destruido y llevado a cenizas para cumplimentar un proceso coherente de extinción de la fe.
Saliendo del cuadro. Atravesando barreras. Maltratando la tela que durante tantos años ha servido de soporte. Rasgándola, humillándola, apartando de sí cualquier vestigio, resto de idolatría, narcisismo, complacencia. Escupiéndola, acribillándola, liberando a la idea Del marco, el molde y sus fronteras decimonónicas. Ahora, ya, sólo la obra en absoluta libertad creativa.